Tiempo de Lectura: 2 minutos

Mi primera noche en India tuve miedo. Estaba en un hotel 5 estrellas, acostada en una cama que era por lo menos 3 veces el tamaño de la mía, en una habitación con cerámica italiana y un canasto lleno de frutas sobre la mesa. Pero tuve miedo porque estaba sola y lejos de casa. Lejos de todo lo que conocía.

Recostada, miraba el techo. Recordé que estaba en India porque fue como un llamado. Tenía que seguirlo y ver a dónde me llevaba. En ese instante decidí reemplazar mis miedos e inseguridades por la determinación de ver de qué sería capaz. No pensaba que todo iba a salir bien necesariamente, pero quería ver qué sería capaz de hacer frente a la adversidad o lo inesperado. Y acepté que no tenía el control último de lo que pasara en mi vida. 

Viajando en rickshaw por las calles de Amritsar, rememoraba aquellas primeras horas en India. Mi conductor pedaleaba, gritaba y tocaba bocina a lo loco en un esfuerzo por esquivar vacas y motos. No se hablaba inglés en Amritsar, y creo que no se hablaba ni siquiera hindi. Pero su gente y yo nos entendimos con un poco de inglés y un poco de voluntad.

Deambulando por los bazares de Amritsar me sentía como El Loco del Tarot de Marsella, como guiada por una suerte de fe. Este peregrinar sin planes ni reservas previas se lo debía a él. Él meditaba en monasterios tibetanos, recorría India en motocicleta y no concebía la vida sin aventura. Su espíritu libre me fascinó y me inspiró a salir, y ver el mundo. Por aquel entonces, nadie creía que sería capaz de viajar sola o de irme demasiado lejos. Pero él instiló parte de su confianza en mí, y esa confianza era ahora mía.

«¿Qué vas a hacer sola en India?» me preguntaron en Buenos Aires, más veces de las que quisiera recordar.

Improvisar, eso haría.

Leave a Reply

Búsqueda por temas

Close Bitnami banner
Bitnami