Ayutthaya Historical Park
Tiempo de Lectura: 2 minutos

En verdad es un tema de ellos, y lo que sigue es difícil.

Voy a contarles tres historias sutilmente ligadas entre sí sobre cómo la vida me llevó a cultivar un estado interior independiente de las circunstancias externas.

Continúo practicando y aprendiendo, por lo que comparto esta experiencia más como un recordatorio personal, con el anhelo de que pueda servir a alguien más.

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Hace muchos años tuve un sueño. En este sueño alguien me decía que unos hisopos, o no sé qué pavada, le pertenecían a él. Alegaba que los había comprado, y que al mismo tiempo pensaba compartirlos. Me llamó mezquina por no querer compartirlos con él. Entonces yo me engancho en esta discusión y comienzo a decirle que esos hisopos eran míos, y le explico dónde y cuándo los había comprado. Ante esta evidencia, mi interlocutor responde que él no estaba hablando de “esos” hisopos sino de otros. Este argumento, tan débil y al mismo tiempo tan difícil de rebatir, me generó más impotencia aún. Enojada, deseé que fuera un mal sueño, y aunque era bastante vívido, desperté. Al abrir los ojos, las simbólicas palabras «Aprendé a cerrar la puerta» resonaban dentro de mí.

Se dice que ningún esfuerzo se pierde, y es cierto. La acumulación de esfuerzos y pequeñas victorias dieron su fruto un día casual, en un contexto enteramente trivial.

Entré a comprar algo a una tienda. Fue hace mucho tiempo, cuando todavía podías comprar algo con $10 y tenías que esperar el vuelto. No recuerdo bien qué compré, pero lo que sí recuerdo es que pagué con $10. El dueño de la tienda no disimuló su enojo por haberle quitado el cambio, y con palabras pasivo-agresivas me lo hizo saber. Yo me disculpé explicándole que no era mala voluntad, que sinceramente no tenía cambio.

Me fui de la tienda con un sabor amargo. Yo no había tenido mala intención ni había querido aprovecharme. Caminé dos pasos y de repente entendí. A pesar de que ese hombre estaba enojado conmigo, yo no tenía nada contra él. Ese hombre estaba resentido contra cosas en su vida que tal vez fueron injustas o que tal vez no pudo manejar mejor. Y entendí que estaba en mi poder el reaccionar o no. Comprendí que esta situación era una metáfora de la vida; que cientos de situaciones quedaban ilustradas en ese instante en la tienda. Y la pregunta que le siguió fue obvia: “Si yo no tenía nada contra él, iba a ofenderme sólo porque él se había enojado conmigo?”

A partir de ese momento, ya no fue tan fácil infundirme enojo o malestar ajeno.

Varios años más tarde me encontraba en Katmandú, sentada en un hall de meditación escuchando una de las famosas “Dhamma Talks” de Goenka:

Se cuenta que un día el Buda pasaba por una aldea, cuando de repente un hombre se le acercó y comenzó a insultarlo gratuitamente. Buda no se inmutó, y en cambio respondió: “Si alguien te ofrece un presente pero vos no lo aceptás, ¿a quién pertenece el regalo?” El hombre, un poco descolocado, respondió: “Si no lo acepto, el regalo es del otro.” Buda sonrió. “Correcto”, dijo. Y añadió: “Lo mismo ocurre con tu enojo. Si te enojás conmigo pero yo no me siento ofendido, el único enojado sos vos. Sólo estás arruinando tu felicidad, no la mía.”

Sentada y en silencio, entendí que todas estas historias estaban conectadas, que ningún esfuerzo por aprender se pierde, y que mis pies habían transitado el sendero budista más de una vez.

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Enlaces relacionados: Upgrade a primera

Imagen del encabezado: Ayutthaya Historical Park, Thailand. Cortesía: matt-travels.com

2 Comments

  • Maru
    diciembre 18, 2016 Reply

    Cómo me gusta leerte Marian!!!

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