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Eran cantos que ya conocía. Me senté en el suelo del lado de las mujeres, y el armonio empezó a sonar. Cerré mis ojos, y todo lo que podía escuchar adentro mío era: «Regresé a casa… regresé».

Las lágrimas corrieron por mis mejillas durante toda la hora que duró el kirtan. Era un llanto sereno, lleno de profunda calma. Una mujer se acercó a mí con el prasad(1) y el fuego sagrado. Se suponía que debía llevar mis manos a la luz, pero me mantuve estática. Sólo las lágrimas se movían como si el alma llorara por un éxodo de 31 años. Fue en ese instante en que comprendí lo que la palabra ‘Agape(2) significa.

Por aquellos días todavía pensaba en el francés. Recién nos habíamos separado, y su recuerdo estaba fresco en mi piel. Pero allí sentada, el amor hacia él se fundió dentro de una forma distinta de amor; más parecido a una luz que irradia hacia afuera, más parecido a un amor que no duele porque no necesita nada.

Afuera se escuchaba el eterno ajetreo del mundo, y adentro los sentidos se deleitaban en la silenciosa singularidad de la soledad. Entonces, del silencio surgió la pregunta: «¿A dónde se va el amor personal, cuando uno involuntariamente lo olvida?»

En ese instante regresé simbólicamente a mi camino. Regresé a misma.

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(1) Prasad es el nombre que se le da al alimento ofrecido simbólicamente a Dios, y que luego se comparte entre los devotos.

(2) Agape es un término que empleaban los filósofos griegos para referirse a un amor de carácter universal e incondicional, diametralmente opuesto al amor personal, que no busca nada para sí mismo y que sólo añora el bien del ser amado.

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