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El francés se fue, y como suele suceder en el escenario de la vida, lo verdaderamente importante fue justamente lo que siguió después.

El dolor genera incomodidad y nos obliga a movernos, a improvisar y a buscar soluciones en donde jamás se nos hubiera ocurrido siquiera mirar. No me fue fácil separarme de él, y busqué refugio en los amigos para aplacar transitoriamente el dolor de la nunca bien ponderada soledad. Pero al mismo tiempo busqué refugio en la sabiduría de distintos terapeutas para comprender la verdadera naturaleza de mi sufrimiento.

Comencé entonces a entender que la espada del dolor había rasgado el velo del inconsciente, y a través de esa apertura pude asomarme a una realidad y a un concepto más honesto de mí misma.

Con el tiempo, pude ver que esta historia fue la respuesta a aquella plegaria silenciosa que elevara en el templo de la diosa Chamundi a las pocas semanas de mi arribo en Mysore. Con mi frente apoyada en la pared posterior del templo, formulé la sincera intención de comprender las raíces inconscientes de mi forma de vincularme afectivamente, y toda esta historia tuvo que ver con eso.

Hoy, casi un año más tarde, aquella plegaria sigue resonando.

Si tuviera que extraer un elixir de toda esta experiencia, esa quintaesencia sería el rol fundamental que juegan tanto la compañía como la soledad en el conocimiento de uno mismo. Ninguna medicina es agradable, y podemos beberla con ecuanimidad o hacer un berrinche al tragar. Pero esto último es decisión de cada uno.

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