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Me preguntó qué música quería escuchar. “¿Tenés kirtan?”, pregunté yo. “A veces quisiera poder decir que no” , dijo el francés, casi en un suspiro.

En ese momento de mi vida, todo era India para mí. Escuchaba su música, comía su comida y hasta usaba su ropa. El francés, que iba por su décimo viaje al momento de conocernos, ya había perdido el deslumbramiento inicial por India; pero yo recién comenzaba.

Y hoy, a casi dos años de aquella conversación y después de un giro completo de la rueda del destino, me encuentro coincidiendo con el francés.

En un contexto muy similar, él se levantó y cambió la música. Sacó lo que estaba escuchando y puso kirtan o algo por el estilo. Yo lo miré, y me encontré pensando como el francés.

Durante mis días en India, me definía a mí misma como teniendo los dos pies en el mismo bote. Por años, mi sensación había sido la de estar haciendo equilibrio entre dos mundos, y anhelaba el momento en que pudiera poner los dos pies en un mismo lugar.

Pero nunca caí en la cuenta de que un bote tiene dos remos.

No se me ocurría que se podía ser completamente mundano y completamente espiritual, y mucho menos que esos mundos podían estar integrados.

No entendía que tanto el mundo como la ermita podían ser una vía de escape para eludir un compromiso o una responsabilidad. Que mientras estás abstraído en tu proceso interno, tus decisiones se postergan y el mundo sigue girando: el mundo no espera.

Comprender que el mundo podía ser funcional a la espiritualidad y la espiritualidad podía ser funcional al mundo fue un hallazgo relativamente reciente.

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