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Llegué a Katmandú para asistir a un retiro de meditación vipassana. El retiro no tenía un costo fijo, sino que cada uno contribuía con lo que podía y si no podía no dejaba nada. Y yo, con 120 dólares en el bolsillo y casi 1 mes por delante antes de volver a Buenos Aires, entré en el retiro decidida a donar en otro momento de mi vida.

Pero fue durante un sueño sobre el final del retiro que entendí que tenía que donar 100 de los 120 dólares que me quedaban en agradecimiento por todo lo que me había sido dado. Y yo pregunté en mi sueño: “¿Y si no me alcanza?” Una voz en off me dijo, con certeza inexorable, que el dinero me alcanzaría hasta el final. Y si bien es cierto que se puede vivir con muy poco en India o Nepal, también es cierto que 20 dólares sigue siendo demasiado poco.

Abrí los ojos en la mitad de la noche y supe que haría exactamente eso. ¿Una locura? Tal vez… Llegado el último día doné los 100 dólares que, a esta altura, eran más que nada simbólicos. Era mi forma de decirle al Universo: “Lo que aprendí acá es tan valioso que vale todo lo que tengo”.

Durante las semanas siguientes al retiro de vipassana, se sucedieron toda una serie de hechos afortunados que hicieron que los 20 dólares me alcanzaran hasta el final del viaje. Hoy, después de tres años, recuerdo esos eventos como del orden de lo mágico.

La intuición es como una idea fugaz que la razón rápidamente desacredita. Pareciera ser la opción con menos probabilidades, algo por lo que nunca se apostaría. Podría decirse que los caminos de la intuición son los menos intuitivos. Podría decirse, que requieren de un salto de fe.

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